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La producción mundial debería aumentar mucho para satisfacer la
demanda de las economías emergentes. Pero la extracción tiene
crecientes problemas técnicos y geopolíticos. Se acerca el fin, la hora
del relevo.
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La segunda mitad de la era del petróleo |
Durante los primeros 11 meses del año pasado, y en una coyuntura de
profunda crisis económica, la producción mundial de petróleo promedió
84,9 millones de barriles diarios (Mbd), lo que equivale a más de
156.000 litros por segundo. Un flujo difícil de imaginar y que, sin
embargo, debería incrementarse en las dos próximas décadas en más de 20
Mbd para satisfacer las previsiones de demanda creciente de las grandes
demografías emergentes. Y eso sin contar con que la producción de los
campos actualmente en explotación en el mundo está cayendo a un ritmo
cercano al 6,7% anual. Lo cual significa que para satisfacer el
crecimiento de la demanda y compensar este declive, la industria
petrolera tendrá en realidad que desarrollar de aquí a 2030 una nueva
capacidad productiva cercana a los 64 Mbd. Un volumen que equivale a
más de seis veces la producción actual de Arabia Saudí.
¿Podrá la industria del petróleo hacer frente a este desafío? No parece
fácil ya que algunas petroleras dudan de que pueda superarse de forma
sostenida el listón de los 100 Mbd y el promedio de las previsiones
efectuadas por 12 de ellas pone en evidencia la existencia de un
ajustado balance entre oferta y demanda en las dos próximas décadas. Y,
sin embargo, la respuesta a esta pregunta tiene gran trascendencia por
la estrecha relación que existe entre crecimiento económico y aumento
del consumo de petróleo. Desde 1980, por cada incremento del 1% del PIB
mundial, la demanda de petróleo ha aumentado un 0,3%, de modo que la
posible existencia de futuras limitaciones en el suministro podría
cuestionar la vigencia del actual paradigma socioeconómico, basado en
el crecimiento exponencial continuado.
Las cifras publicadas hasta la fecha sobre la disponibilidad de
recursos y reservas de petróleo son muy dispares y no existe consenso
al respecto. Pero lo fundamental no es determinar los recursos y
reservas con precisión, sino saber si su transformación en flujos
productivos se realizará a la velocidad necesaria para cubrir la
demanda proyectada. Visto así el problema, el National Petroleum
Council advierte de una realidad preocupante: "El mundo no se está
quedando sin recursos fósiles, pero el aumento continuado de la
extracción de petróleo a partir de fuentes convencionales presenta cada
vez más riesgos y éstos constituyen un serio obstáculo para asegurar la
demanda a medio plazo".
Algunos de estos riesgos son de naturaleza técnica. Entre éstos cabe citar:
-
a) desde la década de los ochenta los nuevos descubrimientos no reponen el petróleo extraído;
-
b) los costes de exploración y producción están aumentando como
consecuencia de que cada vez se trabaja en regiones más remotas, en
ambientes más extremos y se perfora a mayor profundidad;
-
c) la producción mundial de petróleo convencional en los campos en
explotación está experimentando un declive promedio del 6,7% anual que
podría alcanzar el 10% si se descuidan las inversiones;
-
d) la industria petrolera sufre una alarmante escasez de personal, y
-
e) la relación entre la energía obtenida del petróleo extraído y la
energía consumida en el proceso de extracción está empeorando
rápidamente, y por tanto cada nuevo barril añadido a las reservas tiene
un menor contenido energético neto.
Además de estos problemas técnicos, existen otros de claro matiz e
implicaciones geopolíticas. La producción de petróleo en 30 de los 54
Estados productores ha sobrepasado ya su máximo y en otros 10 se
observa una tendencia al estancamiento. Por ello, el suministro futuro
de petróleo dependerá básicamente de 14 países. Por otra parte, la
producción de petróleo convencional ajena a la OPEP no crece y está
entrando en declive, con lo cual el mundo será cada vez más dependiente
de la OPEP, lo que implica la consolidación de un mercado oligopolista.

Y por si fuera poco, a todo ello hay que añadir las incertidumbres
existentes en torno a la concreción de las imprescindibles inversiones
para aumentar la producción. Cubrir la demanda mundial prevista entre
2007 y 2030 requiere una inversión acumulada cercana a los 5,9 billones
de dólares (de 2008) y el 73% de la inversión en exploración y
producción ha de realizarse en países que no pertenecen a la OCDE. Un
aspecto fundamental, porque en muchos de estos países la movilización
de las inversiones debe superar no pocas barreras legislativas,
normativas y comerciales. Los principales obstáculos que podrían
limitar o retrasar las mencionadas inversiones son esencialmente de
naturaleza geopolítica: las políticas de control del ritmo de
extracción de recursos ejercidas por los gobiernos, el
"petronacionalismo" que impide o limita el acceso de las compañías
privadas internacionales a la explotación de los recursos y la
inestabilidad política, las amenazas terroristas y los conflictos
militares que suelen acompañar a la "maldición de los recursos".
A corto plazo, el balance global entre la oferta y la demanda de
petróleo puede calcularse sin demasiadas dificultades. La principal
incertidumbre obedece a posibles imprevistos, como retrasos en la
inauguración de los proyectos de producción y la cancelación o el
aplazamiento indefinido de algunos de ellos. Como consecuencia de una
inversión insuficiente en el pasado, diversas fuentes señalan un riesgo
potencial de que la oferta no llegue a satisfacer la demanda en el
próximo lustro. En la actual coyuntura de crisis, dicho peligro se ha
visto postergado en el tiempo por la caída de la demanda, pero en los
próximos años, el desplome de las inversiones que la propia crisis ha
provocado puede incrementar este riesgo, especialmente si la salida de
la crisis se tradujera en una rápida recuperación de la demanda.
A más largo plazo, existen diversas proyecciones sobre el futuro del
suministro global de petróleo, resultado de diferentes modelos basados
en aproximaciones metodológicas y datos de partida distintos. Tales
proyecciones muestran una marcada dicotomía. Por un lado, tenemos las
que no ven dificultades insuperables en el horizonte del 2030 y, por
otro, hay pronósticos más pesimistas que advierten que el mundo está ya
muy cerca del cenit de la producción de petróleo convencional (peak oil),
o que lo alcanzará en algún momento de las próximas dos décadas, por lo
que resultaría urgente reducir la demanda y propiciar un desarrollo
rápido de sustitutos.
Un análisis comparativo de 14 pronósticos recientes elaborados entre
2006 y 2008, concluye que, a pesar de la existencia de múltiples
incertidumbres, es probable que el cenit de la producción de petróleo
convencional tenga lugar antes de 2030 y que existe un riesgo
significativo de que dicho momento se concrete en la próxima década.
Frente a esta evaluación, resulta verdaderamente preocupante constatar
cómo la mayoría de países no está considerando seriamente aplicar
políticas preventivas y de gestión del riesgo.
Un número especial de la revista Science, editado con motivo de su 125 aniversario bajo el título de ¿Qué es lo que no sabemos?,
incluía en la lista de las 25 cuestiones de mayor impacto para el
futuro inmediato de la humanidad, la pregunta: ¿qué puede reemplazar al
petróleo barato y cuándo? Se trata sin duda de uno de los mayores
interrogantes sobre nuestro futuro y los datos que acabamos de exponer
parecen justificar plenamente la preparación y aplicación de medidas
preventivas y correctivas.
Ciento cincuenta años después del nacimiento de la industria del
petróleo, ha llegado el momento de aplicarse urgentemente a la tarea de
reemplazar un combustible del que depende cerca del 95% del transporte
global y que, además, constituye la base de nuestro desarrollo
socioeconómico. Una tarea que requiere el despliegue de un ambicioso
plan de choque que combine medidas de gestión de la demanda con una
decidida apuesta por la investigación y el desarrollo.
Existen demasiados indicios que apoyan las tesis que nos advierten
sobre el fin del petróleo fácil y barato y de que nos estamos
adentrando en la segunda mitad de la era del petróleo -o como diría un
geólogo guasón, en el "Petroleoceno tardío"-. Cómo para quedarse de brazos cruzados.
Mariano Marzo Carpio es catedrático de Recursos Energéticos en la Facultad de Geología de la Universidad de Barcelona.
Fuente: EL PAÍS.com
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