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Artículos - SOStenibilidad
Escrito por José Manuel Naredo - Jesús Soto   
sábado, 26 de julio de 2008

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Nos movemos en un sistema económico que no funciona. Ha sido provablemente lo mejor que hemos sido capaces de inventar, pero el modelo se agota. No hay que ser un experto en matemáticas, sino mas bien usar la lógica, para darnos cuenta de que no se puede crecer indefinidamente en nuestro precioso y único mundo finito. Lo que no conocemos es el momento en que debemos parar de crecer, el momento en que superamos el punto de consigna de población y consumo de recursos tras el cual comienza el inevitable retroceso de tan peculiar curva de control demográfico... y ese punto de consigna es el que sí pueden aproximar los matemáticos y expertos.

Por supuesto que se buscan soluciones, pero igual que la mosca contra el cristal, nos obcecamos en chocar constantemente buscándolas en nuestro modelo conocido e inmediato, que llevamos siglos utilizando con más o menos éxito, sin darnos cuenta que la solución está probablemente en nuestros orígenes preindustriales, y que un sencillo y lógico giro puede llevar a nuestra particular mosca a salir por donde entró.

En esta línea se encuentra el libro Con los pies en la tierra, del que se agradece el esfuerzo por la búsqueda y propuesta de soluciones viables, y en definitiva mejores modos de vida... Lo recomendamos!!! Adjuntamos un breve fragmento del libro.

 

LOS PIES EN LA TIERRA

 

METABOLISMO ECONÓMICO Y DETERIORO TERRITORIAL: ¿QUÉ HACER?

En primer lugar, el sistema imperante es fuente de inestabilidad económica. El negocio en auge de la compra-venta de acciones, empresas, inmuebles o terrenos, espoleado con la creación de «dinero financiero», acentúa las «burbujas» especulativas con sus inevitables desplomes y daños sociales. En segundo lugar, es fuente de inestabilidad social. Pues apoyar la riqueza de las personas, los barrios, las ciudades y los países sobre la analogía del modelo depredador-presa es un buen caldo de cultivo para alimentar la crispación y la conflictividad social que, previsiblemente, socavarán el actual sistema mucho antes de que lo haga el deterioro ecológico. En la naturaleza la relación depredador-presa opera entre especies diferentes y se sostiene porque los ratones o los conejos no pueden convertirse en linces ni elefantes. Sin embargo, es difícil que este modelo prospere entre humanos a la vez que se pregona entre ellos la igualdad de derechos. El afán de escapar a su condición de presas mueve a numerosos individuos a emigrar hacia las metrópolis del capitalismo con ánimo de mejorar su posición en la cadena de creación de valor e incluso de convertirse en depredadores. La incapacidad de las metrópolis para integrar el masivo flujo de inmigrantes se hizo más evidente a medida que —a raíz de la llamada crisis del «Estado de bienestar»— se amplió la fractura social observada entre los propios ciudadanos metropolitanos. De ahí que la crisis del «Estado de bienestar», que se ocupaba de paliar la pobreza que segrega la máquina económica en funcionamiento, esté dando paso a la expansión del «Estado represivopenal», como mutación perfectamente previsible en un panorama de creciente polarización económica y social (Wacquant, 1999) que la droga del crecimiento económico no consigue ya paliar.

Pero es evidente que las crisis económicas, la crispación social y la violencia no tienen por qué provocar por sí mismas la reconversión del sistema económico que las genera. Las posibilidades de reconvertir el metabolismo de la sociedad actual hacia patrones más ecológicos y solidarios pasan por superar el actual reduccionismo monetario, restableciendo y priorizando los circuitos de información física y social ligada a la gestión. Si tener conciencia de las raíces de nuestros males es el primer paso para poder curarlos, también creo que el conocimiento de las raíces económicas de la situación crítica actual dan las claves para superarla. Para ello hay que trascender los dogmas amparados en metáforas y valores muy arraigados que sostienen las ideas imperantes de sistema económico, de crecimiento o desarrollo, de calidad o nivel de vida(*), así como los criterios que rigen la valoración monetaria o la creación de dinero y, por ende, los modelos urbanísticos, constructivos y agroextractivos al uso. A ello tratan de contribuir, con mejor o peor fortuna, la llamada economía ecológica y especialidades como la ecología industrial, la ecología urbana,... o la agroecología, mano a mano con sus practicantes generalmente vinculados al movimiento ecologista.

Semejante reconversión mental e institucional necesita de movimientos sociales también conscientes de que tal reconversión no se logrará sólo presionando sobre las administraciones estatales o empresariales para frenar o reorientar sus proyectos e instituciones o pidiéndoles ayudas, sino, sobre todo, respondiendo con iniciativas propias a los más evidentes absurdos de nuestro tiempo. Este libro se levanta contra algunos de ellos. Son los absurdos que solapan el hacinamiento en grandes aglomeraciones de población —oriunda e inmigrada— con el despoblamiento de amplios territorios; las dificultades de procurarse empleo y viviendas «de calidad» de buena parte de la población aglomerada, con la existencia de territorios, actividades y pueblos abandonados; la euforia constructiva con la ruina silenciosa...

Las iniciativas para revitalizar el medio rural y rearticular relaciones entre campo y ciudad recogidas en este libro se enfrentan a la difícil tarea de responder a estos absurdos sin reproducir los vicios criticados. Se trata de conseguir medios económicos holgados sin que todo lo eclipse el móvil del lucro y los ilimitados afanes de crecimiento. Se trata de revitalizar los pueblos y barrios sin pretender que compitan en la carrera actual de depredación de la naturaleza y de nuestros congéneres. O también de conseguir una fracción razonable del valor monetario creado sin apoyarlo en el expolio de los recursos naturales ni del trabajo o el patrimonio ajeno. Esto exige subvertir las reglas de valoración imperantes. Para lo cual no basta con buscar ayudas o «nichos de mercado» que se dicen ecológicos o verdes y competir con gente poco escrupulosa. Hace falta, sobre todo, establecer nuevas redes de comercialización y de contacto entre personas del medio rural y urbano con sensibilidades e intereses convergentes, que redistribuyan los márgenes de forma equitativamente razonable. Contactos que relacionen grupos urbanos de consumo con productores agrarios, grupos de intercambio de servicios, de amistad y de conocimiento, con la voluntad común de reconstruir relaciones urbano-rurales sobre bases igualitarias. Sólo así cabe escapar aquí y ahora al modelo depredador-presa que, como hemos visto, ha venido sesgando estas relaciones. Quizá sea la voluntad de no querer ser ni depredadores ni presas el lema que deba guiar a los colectivos que quieren superar las relaciones de expolio y dependencia de las que el medio rural ha venido siendo víctima.

 

(*). No se trata tanto de disminuir el nivel de vida de las poblaciones de los países ricos, sino de cambiar los patrones de vida de esos países, que hoy se toman como modelo, por otros que no tienen por qué ser inapelablemente peores o «más bajos», aunque sean más bajos en consumo de materiales y energía. Se trata, sobre todo, de reconvertir un sistema cuyo creciente consumo de energía y materiales se esteriliza cada vez más en servidumbres o extravagancias del propio sistema que no sólo tienen poco que ver con la calidad de vida de la mayoría, sino que atentan contra ella y contra su medio ambiente.

 

Del libro: Los pies en la tierra: Reflexiones y experiencias hacia un movimiento agroecológico

Más información: Bajo el asfalto está la huerta!

 

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