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Opinión - Energía
Escrito por Aurelio Azaña García   
viernes, 04 de julio de 2008

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EL debate energético ha pasado en los últimos dos años a un primer plano en la situación mediática de nuestro país. Los gases de efecto invernadero, el protocolo de Kioto, la escalada de precios del petróleo y, sobre todo, la subida del recibo de la electricidad a todos los consumidores, industrias y comercios (eso quizás sea lo que más nos duele) han abierto el debate para analizar hacia dónde vamos energéticamente y qué queremos para el futuro.

 

 

PRESENTE Y FUTURO DE LA ENERGÍA... HACIA DÓNDE VAMOS

 

Cuando llegan las épocas de sequía y nos amenazan con restricciones, nos acordamos de los pantanos, que dejamos sin construir en la anterior sequía, y de las plantas desaladoras, que también dejamos sin construir y con las que estuvimos haciendo reproches a los políticos y echándoles en cara que no habían hecho bien sus deberes. Llegó la lluvia y el debate y los reproches cesaron: hasta la próxima sequía. Me temo que en el sector de la energía podrá pasar algo parecido. Si baja el precio del crudo o desciende el coste de la tonelada de CO2, posiblemente el debate actual se archive. Ya hemos vivido varias crisis energéticas y estamos todavía en la posición de partida.

Una de las conclusiones de las últimas jornadas organizadas por el Colegio de Ingenieros Industriales, «Presente y Futuro de la Energía... Hacia dónde vamos», viene a decir que en el marco energético no sobra ninguna de las energías que hasta el momento el ser humano tiene controladas técnicamente. Debe haber un equilibrio entre energía fósil, renovables, nuclear, hidrógeno y otras. La clave será determinar los porcentajes que cada una de estas energías ocupan en el mix energético (como se le llama ahora).

Llevamos años soportando la censura de quienes, con los intereses que tengan, han prohibido que hablemos y desarrollemos tecnologías que podrían mitigar el grave problema que ahora padecemos con los gases de efecto invernadero. Es el momento de pasar a la acción y no dejar que lleguemos a la inacción por la reflexión; o sea, que digamos que abrimos un debate y no hagamos nada hasta que el motivo de fondo que nos impulsaba se difumine hasta la próxima crisis energética.

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La energía nuclear figura en el «top ten» de las energías estigmatizadas. Éstas son las fuentes de energía mal vistas y aquellos que las han defendido poco menos que han sido acribillados desde los foros más diversos.

Hoy por hoy, la energía fotovoltaica es carísima; de hecho, el mercado energético paga el kilovatio por hora al precio medio de la energía multiplicado por cinco; ello quiere decir que por cada euro que cuesta de media una unidad de energía, la fotovoltaica vale cinco unidades. Es, a mi entender, una de las responsables de la subida del recibo de la luz, junto con el precio del petróleo. Por ello, cada instalación que se conecta a la red genera un déficit en el mercado energético que luego hay que compensar con nuevas subidas del recibo. Por todo lo anterior, en el otro extremo, necesitamos una energía barata que compense a esas energías renovables que son necesarias, pero que tenemos que ayudar entre todos a desarrollar.

Y es que está claro que para desarrollar nuevas tecnologías energéticas, es preciso el apoyo de la administración para que puedan llegar a ser competitivas. Es el caso de la energía eólica, que ha llegado a unos extremos de eficiencia tecnológica que ya puede competir con otras energías sin necesidad de una prima adicional por kilovatio hora volcado a la red.

Dentro de las energías estigmatizadas, podría mencionar a los biocombustibles a los que se les ha echado la culpa de la crisis de los alimentos, cuando las razones son mucho más complejas y obedecen a una mezcla de intereses de grandes grupos de poder en la sombra. También me atrevería a mencionar las incineradoras de residuos, donde hemos preferido enterrar nuestros residuos a darles una valorización energética. Tecnológicamente, no hay ningún problema en la incineración.

Las curvas de demanda de energía no son uniformes. Entre las horas de máxima demanda de un día de verano a las doce del mediodía y la mínima demanda por la noche hay una diferencia de varios cientos de megavatios. ¿Qué hacemos con esa energía que sobra por las noches? La mayor parte de ella se tira. Luego energéticamente el sistema es claramente ineficiente: genera energía para luego tirarla. Y es que la energía alterna (la que consumimos en nuestras casas, oficinas, comercios e industrias) no se puede almacenar. Por ello, el gran reto que tenemos por delante es el del almacenamiento de energía: hidrógeno, almacenamiento de vapor, bombeo a pantanos de regulación, sales fundidas, etc. Hay por delante mucho camino que debemos andar antes de que el debate vuelva a dejar de tener interés.

Posiblemente no les faltaba razón a los que opinan que una parte del tedioso impuesto especial de hidrocarburos debería ser un impuesto finalista, o sea, debería ser dedicado a desarrollar fuentes de energía, almacenamiento y todo lo que está relacionado con la cadena de los procesos y productos energéticos.

Necesitamos que nuestros políticos hagan una apuesta fuerte por el modelo energético en el que se contemplen todos los escenarios posibles y se busque el mix energético que mejor se adapte a nuestras necesidades; que nos ayuden a mentalizarnos para ahorrar energía y usarla eficientemente, aunque dichos políticos tengan que enfrentarse a presiones por parte de los grupos de poder en la sombra. Creo que muchos estaremos dispuestos a apoyar las decisiones valientes que hoy necesitamos para dejar a nuestras generaciones futuras un mundo que no esté envenenado. Todavía hoy, algunos recordamos el lema que el estado imprimió en nuestro subconsciente cuando se produjo la crisis energética de los años setenta: «aunque usted pueda pagarla, España no puede».

Aurelio Azaña García
Decano del Colegio de Ingenieros Industriales

 

Vía: ABC.es

 

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